lunes, 19 de diciembre de 2011

FELIZ NAVIDAD


Tan sencillo como humilde.
Sobran las palabras

miércoles, 7 de diciembre de 2011

GRATIA PLENA


“...Para honra de la Santísima Trinidad, para la alegría de la Iglesia católica, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra: Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles. Por lo cual, si alguno tuviere la temeridad, lo cual Dios no permita, de dudar en su corazón lo que por Nos ha sido definido, sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe ha naufragado y que ha caído de la unidad de la Iglesia y que si además osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho”
 (Bula “Ineffabilis Deus”, 8  de Diciembre de 1854, Beato Pío IX)
¿Cómo definir a la Santísima Vírgen?
¿Cómo definir a nuestra Santísima Madre?
La que está siempre atenta a cualquier súplica u oración, para interceder por nosotros ante su Hijo, el Santo de los santos del Altísimo.
La que continuamente llora e implora ante el Altísimo por nuestras almas y nuestros débiles cuerpos y voluntades.
He aquí algunas loas que apenas definen su grandeza y virtud:
“Tabernáculo exento de profanación y corrupción”
“Digna de Dios, Inmaculada del Inmaculado, la más completa santidad, perfecta justicia..”
“Fue pura desde la eternidad, exenta de todo defecto”
“Fue creada en una condición más sublime y gloriosa que cualquier otra criatura”
“La Santísima Señora, Madre de Dios, la única pura en alma y cuerpo, la única que excede toda perfección de pureza, única morada de todas las gracias del más Santo Espíritu y, por tanto, excediendo toda comparación, incluso con las virtudes angélicas de pureza y santidad de alma y cuerpo.....Señora santísima, purísima, sin corrupción, inviolada, prenda inmaculada de Aquél que se revistió con luz y prenda....flor inmarcesible, púrpura tejida por Dios, la solamente inmaculada”
Santa Madre de Dios, Santa Virgen de las Vírgenes, Madre de Jesucristo, Madre de la divina gracia, Madre purísima, Madre castísima, Madre Virgen, Madre Incorrupta, Madre Inmaculada, Madre Amable, Madre Admirable, Madre del Buen Consejo, Madre del Creador, Madre del Salvador, Virgen prudentísima, Virgen digna de veneración, Virgen digna de alabanza, Virgen Poderosa, Virgen Clemente, Virgen Fiel, Espejo de Justicia, Trono de la eterna sabiduría, Causa de nuestra alegría, Vaso espiritual, Vaso de honor, Vaso de insigne devoción, Rosa Mística, Torre de David, Torre de marfil, Casa de oro, Arca de la Alianza, Puerta del cielo, Estrella de la mañana, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consoladora de los Afligidos, Auxilio de los cristianos, Reina de los Ángeles, Reina de los Patriarcas, Reina de los Profetas, Reina de los ApóstolesReina de los Mártires, Reina de los Confesores, Reina de las Vírgenes, Reina de todos los Santos, Reina concebida sin pecado original, Reina llevada al cielo, Reina del Santo Rosario, Reina de la Paz, Corredentora, medianera, abogada y Señora de todos los pueblos y naciones.

¡AMÉN!

martes, 22 de noviembre de 2011

¿ES REALMENTE CRISTO?



Esta reflexión que, a continuación, expongo no va dirigida a los ateos y/o agnósticos, ni tan siquiera a los que comulgan con otras autodenominadas religiones o filosofías más o menos místicas.
Va dirigido, directamente, a todos aquellos que se autodenominan cristianos, aunque no pertenezcan formalmente a la única Iglesia de Cristo, es decir, a la instituida por el mismo Dios, la Iglesia Católica, y, por qué no, también va dirigida a los llamados musulmanes, ésos que reconocen en la persona de Jesús a un profeta del Altísimo.
La primera cuestión que ha de plantearse para todo creyente, ya católico, ya no católico, ya musulmán, es si Jesús de Nazaret, con independencia de su atribuida condición divina o no, ha sido o no un mentiroso.
Para los que creemos que Jesús es El Cristo, El Ungido, el Santo de Dios, el Santo de los santos del Altísimo, el Hijo de Dios Vivo, el Alfa y el Omega, el Principio y el Fin, en definitiva, Dios mismo, no cabe, bajo ningún concepto, ni por asomo, aceptar, aunque sea de manera implícita, que Aquél haya sido o es, pues vive, un mentiroso.
Para los que creemos que Cristo es la Verdad frente a la Mentira, materializada en el Enemigo, esto es, en Satanás, no nos cabe duda alguna, ni por asomo se nos pasaría por la imaginación, que Jesús pudiese pronunciar palabra alguna que no fuese Verdad absoluta.
Incluso me atrevería a afirmar que para los musulmanes, para los cuales Jesús ha sido y es sinónimo de profeta del Altísimo, tan siquiera sospechar que cualquier palabra vertida por Él fuese mentira, sería una blasfemia, porque sería como afirmar que Alá (Dios) miente por medio de sus profetas.
Dicho lo anterior, a nadie escapa la potencial conclusión que debe de servir de premisa a esta reflexión: cuál es que para los creyentes, Jesús de Nazaret, ya sea reconocido como El Cristo, ya como un profeta de Dios, nunca mintió, pues se limitó a trasmitir la Voz del Altísimo.
Luego, si Jesús nunca mintió, todo lo que afirmó es Verdad.
He aquí, pues, el caletre de la cuestión.
Si Jesús no ha mentido, toda Palabra salida de su boca es Verdad.
Y es Verdad porque, bien en su condición de Hijo de Dios, para unos, bien en su condición de profeta, para otros, al limitarse a trasmitir lo que de Dios ha recibido, transcribe textualmente todo lo que recibe del Altísimo.
Así pues, en cualquiera de los casos, sea considerado, como lo es para los cristianos, Hijo de Dios o Dios mismo, ya sea como profeta de Alá, la cuestión queda zanjada “ab initio” para cualquier creyente, sólo discutible, por lo tanto, por aquellos que no tienen el don de la Fe.
Sentada, pues, ya la premisa, nos toca ahora centrarnos en que dijo o afirmó Jesús y, en su caso, el alcance exacto de sus palabras.
Veamos algunos episodios:
“En verdad, en verdad os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, más mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo..... Yo soy el pan de vida; el que a mi viene, nunca tendrá hambre; y el que en mi cree, no tendrá sed jamás...” (Jn. 6, 32-33-34-35)
“Murmuraban entonces de él los judíos, por qué había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo” (Jn. 6, 41)
Obsérvese la primera objeción. Los propios judíos no comprenden el significado de las palabras de Cristo, pero sí del alcance de las mismas. O dicho de otra manera: exigían una aclaración, porque la afirmación la entendían, aunque muy oscuramente, como algo que se salía de lo normal y que podría afectar a la esencia misma de la Fe que profesaban.
“Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él coma, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.
Entonces los judíos discutían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?. Y Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mi permanece y yo en él. Como me envió el Padre viviente y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. Este es el pan descendido del cielo; no como vuestros padres que comieron el maná y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente”. (Jn. 6, 48-58)
Como podemos leer, los judíos, aunque no comprendían lo que Cristo les estaba diciendo, sí entendían que Cristo les estaba ofreciendo, literalmente, su carne y su sangre, no en sentido simbólico. Ellos, obviamente, al igual que los Apóstoles, en aquel momento, no lo entienden, porque sería como aceptar un acto de canibalismo. Pero Jesús, a pesar de todo, insiste en la realidad del hecho, dejando claro que no es un simbolismo, sino un hecho real, un acto real.
Además, la correlación con el maná del desierto, como prefacio a su ulterior discurso, justifica de por sí la interpretación de que aquél fue un antecedente simbólico, aunque real, de la consagración Eucarística, de la misma manera que el sacrificio del cordero pascual lo fue del sacrificio de Cristo como Cordero de Dios.
En ambos casos, el carácter simbólico y real se entremezclan de manera profética, alcanzando sólo su cénit o realidad suprema, tanto en la institución ulterior de la Eucaristía durante la Última cena, como en el sacrificio mismo de la cruz que se ve renovado diariamente en la Santa Misa.
Cuando Jesús instituye la Eucaristía en la Última Cena, tampoco habla de manera simbólica. Jesús habla sin dejar lugar a ninguna duda. Veamos:
“Jesús tomó el pan, ....., lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Después tomó una copa (cáliz)...y se la pasó diciendo: bebed todos de ella, esto es mi sangre, la sangre de la Nueva Alianza derramada por muchos, para el perdón de los pecados” (Mt 26, 26-28)
En conclusión: Cristo no habla en sentido simbólico o figurado, sino en sentido real, dándole a sus palabras la auténtica dimensión de lo que quiere expresar.
Así, si hubiese querido darle un sentido figurado habría dicho, por ejemplo, “esto representa mi cuerpo.....o.....representa mi sangre”, sin embargo el utiliza el verbo ser: “Esto ES mi cuerpo.......esto ES mi sangre”.
Y para ello, baste referirnos a dos episodios, uno del Antiguo Testamento y otro del Nuevo Testamento, dónde se nos clarifica qué ha de entenderse en el sentido teológico el verbo Ser.
“Y dijo Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y añadió: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado a vosotros” (Éxodo 3,14)
“Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que YO SOY, moriréis en vuestros pecados” (Juan, 8, 24)
“Por eso Jesús dijo: Cuando levantéis al Hijo del Hombre, entonces sabréis que YO SOY y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo estas cosas como el Padre me enseñó” (Juan, 8, 28)
“Y Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: antes que Abraham naciera, YO SOY” (Juan, 8, 58)
“¿A quién buscáis?. A Jesús de Nazaret, le contestaron. Dijo Jesús, YO SOY......Cuando Jesús dijo: “Yo soy”, se echaron atrás y cayeron al suelo. Jesús volvió a preguntarles: ¿A quién buscáis?. Repitieron: A Jesús de Nazaret. Jesús les dijo: Ya os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad que los demás se vayan....”(Juan 18, 4-8)
(Obsérvese que el Evangelista utiliza diferente fórmula ante la primera pregunta y la segunda, de hecho narra los diferentes efectos que produce la primera afirmación (YO SOY), que la segunda (un simple, soy yo). La razón es bien sencilla: con la primera Jesús acredita su divinidad.
Sirva de corolario a esta verdad la siguiente afirmación que justifica el alcance real de las palabras de Cristo y de la Verdad que se encierra en la Eucaristía: “Jesucristo es el mismo, ayer y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13,8)
Si Jesús es el mismo, siempre ha sido el mismo, entonces Jesús ES EL QUE ES.
Por lo tanto, cuando Jesús utiliza el verbo SER, lo hace desde la perspectiva del reconocimiento y afirmación del su Divinidad y de su Identidad, porque Dios es la existencia misma, el origen de todo lo viviente.
Cuando utiliza el verbo SER (“este ES mi cuerpo.....esta ES mi sangre), lo hace, no sólo afirmando que es, no que parece o que simboliza, sino, además, afirmando, sin ambages, su Gloria y Divinidad.
Existen muchos fragmentos en el Antiguo Testamento que hablan en sentido figurado o simbólico de la Eucaristía y su ulterior institución. No voy a entrar en ellos, no sólo por cuestión de espacio o tiempo, sino, y fundamentalmente, porque algunos me dirán que se trata de un mero hecho anecdótico o interpretativo. No obstante, sirvan de ejemplo el siguiente, por si cupiere alguna duda al respecto:
“Porque desde dónde el sol nace hasta dónde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi Nombre, incienso y ofrenda limpia” (Malaquías, 1, 11)
Este episodio trata del hecho de que a Dios ya no le agradan los sacrificios de los israelitas, pues lo hacen sin el verdadero sentido. Dios les hará ver que habrá un nueva ofrenda que reemplazará tales sacrificios.
Se habla, en definitiva, de una ofrenda mundial y sin mancha a Dios Padre.
Creo, pues, que sobran las palabras.
Más adelante, después de la muerte y resurrección de Cristo, los Apóstoles y más concretamente San Pablo, especifican claramente qué es la Eucaristía y su auténtico y real significado:
“La copa (cáliz) de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo?; el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?” (1 Cor. 10,16)
Pablo da a entender que comer ese pan y tomar ese vino bendecido hace al cristiano entrar en comunión con Cristo, en unión con Él. Pero dicha unión no es sólo un simple vínculo espiritual o simbólico, porque, de lo contrario, no diría lo siguiente:
“Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican y no a dios, y no quiero que nos hagáis partícipe de los demonios” (1 Cor. 10, 19-20)
Y continúa:
“No se puede tener parte de la mesa del Seññor y de la mesa de los demonios” (1 Cor. 10,21).
Pablo deja claro que habla en un lenguaje de sacrificio para referirse a la celebración cristiana, y que esta comida y bebida nos lleva a la verdadera comunión con Cristo, comunión que determina un verdadero vínculo de toda persona, de una manera real, tal y como lo expresa Pablo al afirmar (1 Cor. 10,17) “que todos formamos un solo cuerpo”, porque el pan es uno....Cristo.
Pero para dejarlo mucho más claro, diáfano, sobre el año 55 (texto más antiguo sobre la narración de la Última Cena), cuando afirma lo siguiente: “Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la Cena del Señor, porque al comer cada uno se adelanta a tomar su propia comida” (1 Cor. 11,20-21).
Y continúa (1 Cor. 11, 22): “¿Pues qué?, ¿No tenéis casas en que comáis y bebáis?”.
Pablo da a entender que si los cristianos hubieran concebido la celebración y acción de gracias como una simple comida para recordar a Jesús en la Última Cena, no tendría sentido reunirse en la iglesia, bastando hacerlo cada uno en su casa.
Y por si hubiere alguna duda al respecto, Pablo continúa: “De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa (cáliz) del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor” (1 Cor. 11,27)
Este texto, obviamente, no se puede concebir simbólicamente, porque ¿qué sentido tiene hablar de pecado si sólo comemos pan y vino, aunque sólo sea para recordar a Jesús?
Si Pablo habla de comer el pan y el vino dignamente, bajo pena de pecar, es porque confirma que en la Eucaristía recibimos REALMENTE el CUERPO y la SANGRE de Cristo, y, por lo tanto, nuestra disposición espiritual debe ser de tal dignidad que sirva para recibir a Cristo, a Dios mismo.
Existen multitud de argumentos para confirmar la presencia real de Cristo en la Eucaristía, pero ni soy teólogo ni pretendo serlo. En cualquier caso, sirva esta pequeña aportación para que aquellos que aún duden de tal realidad, al menos, reflexionen sobre ella.
Por último, y sin entrar, Dios me libre, a prejuzgar a nadie, sí me gustaría dejar una breve reflexión: Si, tal y como hemos acreditado, pues la Palabra de Dios es infalible, Cristo, Dios mismo, está realmente presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en el Sacratísimo Sacramento del Altar, ¿es digno recibir al mismo Dios de pie y en la mano?
Meditemos.....

Francisco Pena

sábado, 30 de abril de 2011

HE AQUÍ LAS SABIAS PALABRAS DE UN CREYENTE

Para la reflexión de algunos ateos, porque no todos gozan de tal capacidad, me permito transcribir parte de la respuesta que un gran amigo, y a pesar de ello muy inteligente, le dejó a otro que se autodefinía como ateo:
En una ocasión, hace tiempo, en un foro de opinión se suscitó una conversación sobre la existencia de Dios. Un forista ateo me retó a demostrar su existencia (la de Dios) con estas palabras:
“Pues no, la verdad es que no las veo (las pruebas de la existencia de Dios) mediante los sentidos ni encuentro explicación razonable en creer en “algo” que ni veo, ni siento ni nada.
Te noto muy seguro, por lo tanto me gustaría que me explicases razonablemente lo que yo no veo y tu crees que si ves. A mi no me vale eso de “si, no, es asi y punto,…” yo quiero argumentos explicativos y pruebas.
Gracias”.
Esta fue mi respuesta:
En primer lugar, no soy teólogo. Tampoco misionero. Ni siquiera tu consejero espiritual.
Veo por lo que dices que eres de esos que sólo creen en lo que ven. Compartes la fe de esos racionalistas que creen sólo en la verdad científica. Bien.
Por eso, sin duda, creerás en la existencia del átomo (aunque ni tú ni nadie ha podido verlo). Nos dijeron los científicos (y yo les creí, como tú, sin duda) que era la parte indivisible de la materia… hasta que “descubrieron” que no. No, resulta que hay partes más pequeñas. Ya sabes, el electrón, el protón, el neutrón. Que sí, existen y yo lo creo y tú, sin duda, también (aunque nadie los ha visto).
Nos dijeron también, y yo les creí, que esas sí eran las partes más pequeñas de la materia. Pero resulta que no. Resulta que hay otras partículas subatómicas que… bueno, la verdad es que tampoco soy científico y me pierdo (la teoría cuántica me supera, qué le voy a hacer), pero creo lo que me dicen, aunque jamás he visto un fotón.
Tampoco he visto ni tocado la antimateria (eso que existe donde no existe la materia). Pero los científicos me han dicho que su existencia es irrefutable… y yo lo creo.
Tú, sin duda, crees como yo en estas verdades porque son científicas. La verdad, nadie las ha visto jamás; pero los científicos “saben” que existen. Y nosotros, les creemos.
No porque lo hayamos visto, yo ni siquiera lo comprendo.
No porque se haya demostrado empíricamente (comprenderás la dificultad de experimentar con lo inaprensible), sino porque su existencia es “necesaria”.
Es decir, sin su existencia no se explicaría la realidad física, no sería coherente el Universo.
Podemos creer en todas estas “verdades científicas”, que no podemos ver ni tocar, porque explican, justifican, el funcionamiento del Universo.
¿Pero no podemos creer en Dios, siendo Él el principio necesario y justificante del Universo?.
Dices que Dios no ha aparecido y que no hay pruebas de su existencia.
No te basta la prueba irrefutable de la vida, del Universo mismo, cuya existencia sólo se explica y sólo se justifica si hay un Dios.
No te basta el testimonio que nos dejaron aquellos que lo han conocido. Lo que aceptarías en un juicio como prueba (el testimonio de los testigos), lo refutas como inadmisible cuando se trata de dar testimonio de la existencia de Dios.
Sabemos por los que lo presenciaron, que un hombre afirmó ser el Hijo de Dios. Que como prueba de la verdad de su palabra, curaba a los enfermos, expulsaba a los demonios y resucitaba a los muertos. Ellos lo vieron y testificaron. Pero tú, no les crees.
Ese hombre fue torturado y ejecutado porque mantuvo ser lo que decía ser. Se dejó matar clavado en una cruz como testimonio de la verdad de su palabra (para que creyéramos en Él). Los que lo vieron, así lo atestiguan. Pero tú, no les crees.
Aquel hombre, resucitó. Los que lo vieron, dieron fe. Pero tú, no les crees.
Aquel hombre, subió al Padre y prometió volver y dejó entre nosotros al Paráclito (*). Los que lo vieron, dieron fe. Pero tú, no les crees.
Si no crees el testimonio del Hijo clavado en la cruz. Si no te basta el testimonio de los que lo vieron: ¿podré acaso yo convencerte?…
Ni lo pretendo.
Pero tú, has escrito en un foro que Dios no existe. Y eso, amigo, no puede pasar de rositas.
De nada.


Al camarada Deolavide: Gracias por quitarnos trabajo de encima.

¡AMÉN!

*) Para los cortitos, es el Espíritu Santo.

jueves, 3 de marzo de 2011

COMO NO PODÍA SER DE OTRO MODO

http://www.abc.es/20110303/sociedad/abcp-benedicto-exonera-judios-muerte-20110303.html
La Razón y la Verdad deben siempre ir parejas, complementarse, no contradecirse.
Resulta palmario, a la luz de las Sagradas Escrituras, que cuando se hace referencia a los Judíos se acota dicha expresión cuando los hechos narrados reseñan que no todos estaban a favor de la muerte de El Cristo.
Al igual que en la actualidad, que no todos los gentiles somos responsables de los crímenes de lesa humanidad ni de las blasfemias que se vierten continuamente contra el Espíritu Santo, en idéntica y justa reciprocidad, los Judíos de entonces, como los de ahora, sólo son responsables de las consecuencias generadas por sus propios actos personales.
La famosa expresión "que su sangre caiga sobre nosotros y nuestros hijos", afecta sólo a aquéllos que la hicieron, quedando, de facto, exonerados todos aquellos que por activa o por pasiva no participaron o consintieron el Deicidio.
Cuestión aparte merece la reprobación divina hacia el pueblo elegido. Reprobación, en todo caso, como dice San Pablo, que es tan sólo temporal.

Francisco Pena

lunes, 5 de abril de 2010

UNA BUENA COSECHA

Dice nuestro viejo y no menos sabio refranero español que “quién siembra vientos, cosecha tempestades” y, sin duda, se trata de una inexorable relación de causalidad que cumple aquel viejo axioma de que la causa de la causa es la causa del mal causado o dicho en latín, que suena más grave, “causa causae est etiam causa causati”.
En definitiva: ¿de qué nos extrañamos cuando advertimos la gravedad de los tiempos presentes, si en realidad nosotros mismos hemos sido y somos la causa de tales males?
No hace muchos años mecían nuestros oídos unos armoniosos susurros que disculpaban cualquier sombra de la vida privada de los políticos, siempre que éstos, públicamente, actuasen con la diligencia y honestidad que le eran y son exigibles.
Sin embargo, con el paso de los años, el peso de la realidad vuelve a traernos a la memoria aquella frase tan conocida y tan poco entendida de que “quien es fiel en lo poco también lo es en lo mucho”.
¿De qué nos extrañamos, pues, al comprobar que los chorizos siguen siendo chorizos, sean del pelo que sean, tanto en el ámbito público como en el privado?
¿Acaso, ingenuos de nos, pensábamos que la “res pública” otorgaba y otorga un halo de especial santidad, por el simple hecho de trascender del ámbito casero?
Y seguimos sin escarmentar……
Y nos dijeron que no era bueno corregir, ni siquiera “fraternalmente”, a nuestros infantes, y como borregos seguimos la máxima del indigente intelectual de turno que llegaba a asegurar, eso sí “científicamente”, que una subida de tono o un coscorrón a tiempo podrían suponer una grave merma psíquica que inexorablemente traumatizarían de por vida a nuestros hoy idiotas, aunque amadísimos, hijos.
Y hoy, que los padres se ven obligados a armarse de paciencia, cuando no de protección policial, frente a las sacudidas libertarias e impetuosas de nuestros muy bien educados descendientes, precisamente ahora, es cuando no entendemos por qué éstos no son capaces de entender que el pacifismo debería ser al menos recíproco.
Y no lejos de contentarnos con tan insignes y “científicos” logros, además, aceptamos la generalización de la tesis de que, frente a las normas de conducta, nada más edificante que otorgar a los alumnos la autoridad suprema de las aulas, relegando al educador a ser mera marioneta al servicio de los caprichos de nuestros cachorros.
Y, así, cuando nuestro “bebé” retornaba y retorna a casa, entre cabizbajo y chulesco, enseñando a regañadientes las notas de la última evaluación, aceptamos con una fe que mueve montañas, la palabra de nuestro hijo de que el “profe”, precisamente a él, le ha cogido manía y que no tiene mejor manera de gritarlo a los cuatro vientos que suspenderle 8 de las 9 asignaturas que le tocan.
Y para acentuar su justificada excusa, nada más edificante que concertar una cita con semejante monstruo con el loable fin de, si se tercia, partirle la cara al muy gilipollas que no ha entendido que mi hijo, amén de guapo, es muy listo él.
Y es por ello que, acogiendo la mentada tesis del iter causal, nos hemos vuelto los progenitores más comprensivos de toda la historia de la Humanidad y así, cuando nuestros hijos un día de ésos, a eso de las 5 de la madrugada, se pasan un poquito, no sólo de alcohol, sino con los muebles o inmuebles ajenos, buscaremos siempre la excusa de que son “chiquilladas”, pues, al fin y al cabo, entre el stress de los estudios y la falta de tiempo para ver la tele o jugar a la consola, poco les queda de esparcimiento, a salvo violentar cuatro o cinco vehículos o quemar algunos contenedores y, se tercia, por aquello de no perder la costumbre, partirle la cara de vez en cuando al gilipollas del profesor o al que se cruce en su camino, pues bastante tiene ya el mozalbete con ir haciendo eses por nuestras sucias callejuelas.
Y, así, entre risa y risa, vemos pasar la vida, pretendiendo, por un lado, disculpar las probadas “inocentadas” de nuestros muy amados oseznos y, por otra, aceptar sin ningún tipo de reparos que se nos prive aunque sea temporalmente de la patria potestad cuando nuestra cándida “hijita” ha tenido a bien dejar a un lado la “Barby” para cohabitar con el “Kent” que por mala suerte o, tal vez, por exceso de celo, ha proveído su potencial preñez.
No sé pues por qué nos asombramos, si al fin y al cabo esto es lo que siempre hemos buscado.
Quisimos que fuesen hombres cuando apenas levantaban un palmo del suelo…
Permitimos que destrozaran su inocencia con tal de tener un rato para nosotros …
Miramos para otro lado, cuando apreciamos los primeros síntomas del peligro….
Y, ahora, que todo está prácticamente perdido, nos echamos las manos a la cabeza, tal vez pensando que con ello tranquilizamos nuestras conciencias y, por aquello de que nadie nos escucha, gritamos a los cuatro vientos que por qué ese Dios del que tanto aventuran los beatos no hizo o hace nada para evitar lo inevitable.
Cinismo tal, sólo puede entenderse desde la más abyecta y aviesa intención de aquél que, después de despreciar toda norma moral pretende ahora concluir que su fracaso es ajeno a su intención.
¿Acaso no pretendimos y pretendemos alejar cualquier principio moral de las escuelas?
¿Acaso no hemos buscado y buscamos nuestra propia satisfacción a costa del fracaso y futuro de nuestros hijos?
¿Acaso no nos regocijamos al contemplar la naturaleza innoble que durante años nos han vendido por los medios del Sistema?
¿Acaso no aceptamos voluntariamente que lo blanco ya era negro y lo negro gris?
¿Acaso no asumimos como natural lo antinaturalmente invertido?
¿En qué momento plantamos cara ante tamaña y sucia mentira?
Y hoy, como somos tan cobardes que no somos capaces de aceptar nuestra propia culpa y fracaso y dirigir, además, el dedo acusatorio contra los que efectivamente nos hicieron sucumbir ante tamaña desvergüenza, contrariamente a nuestros propios e innobles principios y a nuestra asumida y “moderna” naturaleza material, echamos la culpa a aquel credo, valores y principios de los que abjuramos por nuestro más rotundo y absoluto fracaso.
Pero ahí, señores, está la cosecha, fruto de la semilla con la que hemos sembrado nuestro fracaso.
Fruto de nuestra propia ignorancia, pero también de nuestra más sibilina estupidez.
No creo, sinceramente, que nada ni nadie pueda reparar tan sublime decepción.
Tal vez, si cabe, retrasar lo inevitable, pero la catarsis deviene ya inapelable e inexcusable.
Tal vez que, no obstante, un resto que salvar….pero eso, señores, ya no depende de mí.

Su turno…

lunes, 22 de febrero de 2010

SE CIERNE LA OSCURIDAD

Todos recibimos la densidad de las sombras que nos envuelven junto a pequeños centelleos de luz. Sobre nosotros está cayendo la noche: «esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas». También Jesús vivió esta experiencia, por la que los cristianos y la Iglesia han de pasar para asemejarse al Maestro. Y también sobre España y sobre Europa. No podemos creer que las cosas puedan seguir por mucho tiempo como están, ni que puedan empeorar indefinidamente, aunque sí que puedan agravarse de una manera inusitada. Hemos entrado en la «noche oscura»; que cada uno encienda o avive su luz para impedir que las sombras nos sumerjan.
No sólo se ha enfriado la caridad de muchos, como había advertido el Evangelio (cf Mt 24,12), sino que han renunciado, al menos momentáneamente, a entender y vivir su condición humana y divina. Pero la ruina espiritual, de la que todos somos responsables, no va a venir sola. Cuando una sociedad se ha vaciado, sistemática y concienzudamente, de los valores espirituales, morales y humanos, hay que esperar cualquier catástrofe.
En este contexto, no se puede hablar de que estemos en el tiempo del hombre, por mucho que las apariencias y la interpretación común así nos lo aseguren. No lo estamos al menos por dos razones: el hombre está ausente de sí mismo en la medida en que Dios lo está de él: el hombre se anula cuando anula su ecología sustancial: el aire, la luz y la energía en la que subsiste, es decir, Dios. Por tanto, es el tiempo del eclipse del hombre, a pesar de su actividad multiforme, que sólo sirve para encubrir el vacío. No es el tiempo del hombre, además, porque es más bien el tiempo de su adversario, de Satán, «príncipe de este mundo», cuyo halago hacia él le asfixia y le suplanta.
El tiempo que vivimos sólo puede ser entendido desde la teología de la historia. Como todos los tiempos, especialmente éste es el tiempo de Dios. Tiempo fundamentalmente teológico. Tiempo decisivo, en el que el Mal está dando su última batalla contra Dios y contra el hombre, y en el que se juega la suerte de ambos. Todos los tiempos son teológicos y todos los hombres son realidades teológicas: lo histórico es sólo la expresión que adquiere en el tiempo el proyecto de Dios sobre el hombre. Para su cumplimiento previsto, Dios prepara hoy su regreso y el del hombre.
Así es desde la primera página del tiempo y del hombre: la acción creadora de Dios que puso en marcha el tiempo, las cosas y los seres que desarrollan su actividad en él; la acción del hombre que se despliega a sí mismo en obediencia o en oposición al plan de Dios. Nadie puede evadir esta dimensión, aunque tantos la ignoren. Fuera de este marco teológico nos arriesgamos a no entender nada: ni del hombre ni de su historia.
Todo lo que somos y todo lo que sucede pertenece a la historia de Dios en nosotros. No tenemos una historia propia aunque esté hecha por nosotros, aunque sea la historia de nuestra libertad. Pero es libertad en relación al proyecto y al destino inscrito en cada una de las historias personales. Por eso, a veces el resultado es un subproducto humano, irrelevante en el cómputo final, cuando no ha habido afinidad con Dios; cuando la libertad ha errado obstinadamente la elección correcta.
Cada vez hay menos tiempo para los recursos y las soluciones humanas: hemos avanzado demasiado en el camino de la negación y de la irracionalidad; hemos destruido demasiados soportes. Sin embargo, hay que actuar como si todo dependiera de nosotros.
En este sentido, es necesario subrayar que lo que más daño hace a la sociedad humana y a la Iglesia es la irresponsabilidad de los cristianos y en especial de los ministros de Dios, el descompromiso con su fe o con su función. Porque ellos han conocido la verdad y poseído la gracia, que les posibilita para ser luz y sal de la tierra. El problema es que los creyentes estamos llenos de vacilaciones y desconfianzas, que nos pesa la soledad en que nos quedamos, que nos atenaza el sentimiento del ridículo y nos tienta la libertad de quienes se han ido o nunca han estado. El problema es que no amamos lo que creemos, y sí creemos con bastante más fuerza en lo que el mundo nos invita a amar. El problema es que la concupiscencia de la vida nos resulta más poderosamente atractiva que el amor del Evangelio. Dios, en cambio, sí ama y cree en el hombre.
Entretanto, asistimos al intento de eliminación de algunos de los soportes fundamentales del cristianismo. Por una parte, las Sagradas Escrituras, sobre todo las que se refieren a Jesús, mediante el ataque frontal a su historicidad y, como consecuencia, a la teología, a la fe y la Iglesia. Ellos representan el soporte estructural de cristianismo. Por otra, los soportes humanos. Ante todo, el sistema de cristiandad, que ha sido el vehículo y memoria de la historia y cultura cristianas, a pesar de todas sus sombras, y dentro de ella el agotamiento, bien que no consumado, de uno de sus puntales más representativos: España. Mucho más que en 1982, hoy está vigente el apremio: «España, sé tú misma», no sólo por lealtad a su historia, sino por fidelidad a Cristo.
Sintetizando, «nuestra heredad ha sido entregada a los bárbaros» (Lam 5,2). Posiblemente, los acontecimientos ya están fuera del control humano, y desde luego hace mucho que la solución está fuera de los cauces políticos. Ante este desafío total la mayor parte «hemos decidido afrontar solos la tormenta» (Dozulé), pero la historia permanece bajo el señorío de Dios.

Reacción
Se diría que alguna epidemia súbita ha anulado todas las defensas y aletargado todas las sensibilidades frente a este retroceso del espíritu humano a su prehistoria. Pero, en realidad, no nos debe sorprender. Desde los tiempos del profeta Daniel, y sobre todo en el NT, habíamos sido advertidos de las conmociones que esperaban a la humanidad y en especial al pueblo y a la Iglesia de Dios.
Es necesario que mantengamos una atención extremada a los «signos de los tiempos» a fin de comprender mejor el sentido de los acontecimientos. Estamos sumergidos en demasiadas historias entrecruzadas, demasiado enigmáticas en su interpretación, demasiado imprevisibles en su desenlace. Que el que tenga oídos para oír, oiga y el que tenga ojos que vea.
Verdaderamente, como dice san Pablo, «la noche está avanzada. Por eso, dejemos las actividades de las tinieblas y tomemos las armas de la luz» (Rom 13,12). No sabemos qué hora es de la noche, y como el profeta preguntamos: «vigía, ¿cómo va la noche?; dinos: ¿cuánto queda de la noche?» (Is 21,11). Pero sí sabemos, en cambio, lo que ocurrió una vez en el centro de la noche: «cuando todas las cosas estaban sumergidas en un profundo silencio, y la noche se hallaba en su punto más alto, la omnipotente Palabra de Dios descendió a nosotros desde su sede real» (texto de la liturgia de Navidad).
A la acción de Dios, que indudablemente se producirá, hemos de unir la nuestra: «el que tenga bolsa y dinero cójalo y compre una espada, y el que no lo tenga que venda su manto y la compre» (Lc 22,36). Es decir, hemos de estar bien pertrechados para reaccionar ante la situación. Como escribe Pascal: «así como es un crimen perturbar la paz donde reina la verdad, es también un crimen mantenerse en paz cuando se destruye la verdad».
Es imprescindible desterrar las posturas acomodaticias: lo imperativo hoy, para cualquier mente lúcida, es ir contra corriente, tener voluntad de reacción, saber decir no frente a la sumisión del hombre de nuestro tiempo a la demencia que le envuelve. En la insinuación a la práctica de lo políticamente correcto hay una invitación directa a la deserción. Ahora bien, como Cristo, el cristiano ha de ser «el testigo fiel y veraz» (Ap 3,14; 19,11). «Todo espíritu que no confiesa que Jesús es Dios pertenece al anticristo» (1Jn 4,4). El cristiano ha de tener en su corazón y en sus labios la misma palabra del arcángel Miguel: «¿Quién como Dios?», y la afirmación de fe propia del cristiano: «Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Fil 2,11). «Lo que necesita el cristiano cuando es odiado por sus enemigos, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma» (S. Ignacio de Antioquia, siglo II).
Es preciso poner orden en el hombre, ponerlo en orden consigo mismo, en su corazón y en su inteligencia; levantar un muro ante el desconcierto que nos invade. Lo cual exige restablecer el orden de las relaciones y de la armonía entre el hombre y Dios. A todos se nos dice en el libro del Apocalipsis (17,5): «Pueblo mío, sal de Babilonia, la gran prostituta, para no haceros cómplices de sus pecados, ni víctimas de sus plagas». O como se añade entre las recomendaciones últimas del mismo Libro (22,11): «El que sea justo que crezca en justicia; el santo que se santifique todavía más».
A pesar de los nubarrones y las amenazas debemos decir: «¿quién podrá separarnos del amor de Cristo: la aflicción, la angustia, la tribulación, al hambre, la desnudez, el peligro, la espada?». Estamos todos en la semana de Pasión, pero también esta semana terminará en Domingo de Resurrección. Entretanto, es preciso que cada uno de nosotros asuma su cruz, porque «el que no toma su cruz y me sigue no es digno de Mí» (Mt 10,38). «Llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nosotros» (2 Cor 4, 10).
Esperanza
El hombre occidental viene persiguiendo la regeneración desde hace varios siglos: a través del humanismo, de la «Reforma», la filosofía, la Ilustración, la ciencia, el progreso, el cambio y la innovación permanentes. Pero esta regeneración se ha revelado como degeneración, decadencia y crepúsculo, más allá de tantos logros materiales. Ha pretendido la «muerte de Dios» pero es el hombre el que ha sucumbido. Para su resurgimiento no basta y no es posible el solo restablecimiento moral.
La perspectiva cristiana sólo tiene a la vista un camino de regeneración: la que parta de las claves teológicas del hombre que le devuelvan los datos fundamentales acerca de sí mismo en orden a la realización exacta del proyecto humano. Regeneración a través del re-nacimiento del que hablaba Jesús a Nicodemo: «el que no nace de nuevo, mediante el agua y el Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos» ni en una nueva realidad humana.
San Pablo advertía: «despojaos del hombre viejo, que se ha ido desintegrando seducido por sus deseos; cambiad vuestra actitud mental y revestíos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios, según la rectitud y santidad de la verdad» (Ef 4,24). Entonces se hará posible el surgimiento de los cielos, la tierra y el hombre nuevos, a la voz de Aquel que dice: «ahora hago nuevas todas las cosas». Necesitaremos la infusión de un corazón y de un espíritu nuevos. Por tanto, un nuevo bautismo, un nuevo Pentecostés, una nueva criatura: una renovación de la naturaleza humana, que requerirá, probablemente, una intervención extraordinaria de Dios a fin de acercarla a su pureza y energía originales. Y ello será con nuestra colaboración o contra nuestra oposición. El orden de la naturaleza y de la creación debe ser restablecido porque así lo exige la armonía de la obra de Dios.
Regeneración que ha de dar comienzo en cada uno de nosotros, sin esperar a mirar alrededor para ver cómo va en los otros. Lo cual requiere desde ahora la movilización de todos los recursos espirituales, porque sabemos que si los humanos están casi anulados, los sobrenaturales permanecen intactos.
Se trata, decía san Cirilo de Jerusalén en el siglo III, de «adquirir una nueva configuración celeste, de transformar nuestra naturaleza mediante la incorporación del Espíritu Santo en nosotros, lo que permite que ya no nos tengamos simplemente por hombres sino por hijos de Dios». La posibilidad de renovación en cualquier organismo viene no de lo que cambia, sino de lo que es inmutable, de lo que constituye el propio ser. El ser se renueva únicamente en su propia energía, en fidelidad a sí mismo.
«Os escribo, jóvenes, que ya habéis vencido al maligno, que sois fuertes porque la palabra de Dios permanece en vosotros: no améis al mundo ni lo que hay en el mundo (las pasiones de la carne, la codicia de los ojos, la arrogancia del poder), porque eso no procede del Padre» (l Jn 2,13-17).
Para mantenernos, o recuperar, esta juventud será imprescindible enraizarnos más profundamente en Cristo, en la Iglesia, en la fe, en los sacramentos, en María, en la oración, en la virtud, y prepararnos para la prueba, no futura, sino ya presente: «a vosotros se os ha concedido el privilegio de permanecer al lado de Cristo, no sólo por creer en Él, sino por sufrir por Él» (Fil 1,29). Debemos recordar también que la oración es maestra suprema de sabiduría. Ella proporciona la máxima capacidad de crítica y de análisis. La oración no permite falsear la realidad, porque pone ante la Luz, ante la Verdad. Oración que permite beber en las fuentes de la verdad, captar los signos de los tiempos. Ambas cosas son indispensables para tener ojos en esta noche.
Es la hora del testimonio, de ser ahora los testigos de Cristo, porque apenas merece la pena sobrevivir en la sociedad actual más que para dar testimonio de Él o, como decía el mismo Cristo, para dar testimonio de la verdad.
Actualmente es tiempo de máxima expectativa: para nosotros porque estamos a la espera de los resultados del desafío a Dios; y también para Él, que está en «vigilia de armas», en vísperas de entrar en acción, como en la Vigilia Pascual que precedió a la salida de Egipto, camino de la liberación, que llegaría después del desierto y sus pruebas, antes de alcanzar la tierra prometida. Dios está preparado para hacer, de nuevo, frente a Egipto, para derribar las torres de Babel (o de papel, es lo mismo), porque «esta es una guerra de Dios» (1 Sam 17,47).
Es la hora de la fe y de la esperanza inquebrantables en sólo Dios. Sólo Él tiene presente y futuro: el de la eternidad, pero también el de la historia: Él es el viviente, el Alpha y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin, «suyo es el tiempo y la eternidad» (liturgia de la Vigilia Pascual). En realidad, todos los tiempos son suyos. Dice en el Apocalipsis: «El que es va a llegar en seguida» (22,12): «en un momento haré llegar mi victoria, mi brazo gobernará los pueblos; me están esperando las naciones, ponen en Mí su esperanza» (Is 51, 4).
Porque Él es Aquel que tiene las únicas palabras de vida eterna, el único que puede decir: «Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas» (Jn 8,12). Por eso, Él es la «piedra que, aunque desechada por los constructores, llegará a ser la piedra angular» (Hch 4,11). A Él le pertenece la realidad integral: humana y cósmica, según lo que está predicho: «este es el plan trazado desde antiguo: recapitular en Cristo todas las cosas» (Ef 1,10), porque «el designio de Dios es que todo tenga a Cristo por Cabeza» (Ef 1,22), según lo que Él mismo había afirmado: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Así pues, «no temáis, Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). De Él está escrito: «Él será nuestra Paz» (Ef 2,14); Él es la Verdad y la Esperanza del mundo. Con todos los que le esperan, también nosotros repetimos: «ven, Señor Jesús» (Ap 22,20).
Contamos también con María, la Mujer cuya planta aplasta la cabeza del dragón y tiene a sus pies la (media) luna (cf Ap 12,1). La Madre que repite de nuevo a su Hijo: ya no les queda vino: se les ha agotado la gracia, la vida, la luz, el amor; han agotado tu Evangelio, y que dice a los hijos: haced lo que Él os diga. María, la gloria de nuestro pueblo «de igual modo que María hizo entrar a Cristo en el mundo la primera vez, Ella prepara el camino para hacerlo triunfar la segunda vez» (san Luis Mª Grignion de Montfort).
Contamos con las espadas del Apocalipsis: la espada de la boca de Dios con la que peleará contra los heresiarcas (2,16); la gran espada que se dio a los jinetes encargados de sembrar las plagas de Dios sobre la tierra (6,4,8); o la de los jinetes celestes que llevan en sus bocas agudas espadas para herir a las naciones que se oponen al reinado del Verbo (19,15).
Contamos con las generaciones de creyentes que nos han precedido, aquellos que han repetido: Dios ha sido siempre nuestro orgullo, y lo han servido como seguramente ningún otro pueblo lo ha hecho. Contamos con todos los guerreros de Dios, los de anteayer y los de ayer; con nuestros santos, pequeños o grandes, conocidos o desconocidos; con nuestros místicos, apóstoles y misioneros; con nuestros mártires: ¿quién ha sido tan fecunda en ellos como España? Todos ellos están en pie de guerra por España. Y por si no se hubieran enterado, vamos a despertarlos nosotros.
Nosotros, tan pequeños y tan pocos, somos en realidad mucho y muchos más de lo que aparentamos. «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» Como a Israel, también a nosotros se nos dice: «te pondré como un muro frente a ellos, como muralla de bronce inexpugnable; lucharán contra ti y no te podrán, porque yo estoy contigo» (Jer 15, 20,21). «Los reyes de la tierra combatirán contra el Cordero, pero el Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes» (Ap 17,14). Dios es siempre «Dios con nosotros». Por eso, «somos los moribundos que están bien vivos» (2 Cor 6,9).
Alguien ha venido para «reunir el rebaño antes de que oscurezca».

D. ANSELMO ÁLVAREZ, O.S.B.
Abad de la Basílica Benedictina del Valle de los Caídos.
Publicado en la revista Cristiandad, correspondiente al mes de Agosto de 2006

martes, 5 de enero de 2010

martes, 22 de diciembre de 2009

¿TODOS SOMOS HERMANOS? (II)

Convendría que algunos empezasen a despertar y viesen cuál es la realidad que nos rodea.
Se me podrá tildar de "radical", pero lo que les aseguro es que ésos, los "hijos de Alá", no suelen poner la otra mejilla.
Creo que ya va siendo hora de que los Católicos tomemos conciencia de quiénes son nuestros enemigos, tanto dentro como fuera, y tomemos todas aquellas medidas que sean necesarias para garantizar la supervivencia y el triunfo de la única Fe Verdadera: la de Cristo, el Santo de los Santos del Altísimo.

¡VIVA CRISTO REY!

viernes, 11 de diciembre de 2009

¿TODOS SOMOS HERMANOS?

A raíz de las recientes palabras del Sr. Obama en las que muy sutilmente lanzó una "perla", pero ignoró intencionada y/o demoníacamente a su autor, conviene traer a colación la supuesta y aparente coincidencia que se pretende alentar, desde muchos foros del Sistema, entre todas las religiones, con la sustancial diferencia que existe entre la Verdadera Fe, la de Cristo, y el resto de las filosofías, más o menos, pseudoreligiosas existentes.
Dice el Santo de los Santos del Altísimo: "Por lo tanto, todo lo que queráis que hagan con vosotros los hombres, hacedlo también vosotros con ellos, porque en esto está la Ley y los Profetas" (Mateo 7, 12)
Si leemos por encima esta frase del Evangelio no sería extraño confundirla con otras similares, aunque no iguales, pronunciadas o escritas a lo largo de los siglos, incluso antes de la Venida del Salvador.
Así, a título de ejemplo, baste significar las siguientes:
"Esto es la suma del deber: No hagas nada a otros que si te lo hicieran a tí te pudiera causar dolor" ("El Mahabarata") (Filosofía religiosa Hindú)
"No dañes a otros con lo que pudiera dolerte a tí mismo" ("Udana Varga") (Filosofía religiosa Budista)
"Lo que es odioso para tí, no lo hagas a tu prójimo. Esta es toda la ley, el resto es comentario" ("El Talmud") (Tradición Judía)
"Ninguno de ustedes es creyente hasta que desea para su hermano lo que desea para sí mismo" ("Hadit") (Religión Musulmana)
"Lo que no deseas que otros te hagan a tí, no lo hagas a los demás" (Confucio, 551-479 a. C)
Como hemos significado, aparentemente el mensaje sería el mismo, y así pretenden transmitirlo los actuales medios del Sistema, pero, en realidad, señores, la diferencia, aunque sutil, es sustancial.
Para ello, es menester relacionar ese episodio del Evangelio narrado por San Mateo, con otro parejo narrado por San Lucas: "Yo os digo a vosotros que escucháis: Amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen; orad por los que os calumnian. Al que te hiere en una mejilla, ofrécele también la otra; a quien te quita el manto, no le niegues la túnica. Da a quien te pida y no reclames a quien te roba lo tuyo. Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten a vosotros. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?. También los pecadores aman a quienes los aman. Y si hiciereis el bien a los que os lo hacen, ¿qué mérito tendréis?. Los pecadores también lo hacen. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis?. También los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos otro tanto. Pero vosotros, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar remuneración; así será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altisimo, porque Él es bueno para los ingratos y perversos. Sed misericordiosos cmo vuestro Padre es misericordioso". (Lucas, 6, 27-36)
¿Entendemos ahora la "sutil y sustancial" diferencia?: Mientras que los demás se limitan a pedir que no hagamos el mal, Cristo nos exige, además, que hagamos el bien.
No hacer el mal no supone para el Señor mayor mérito si no va acompañado de un acto positivo y valiente de amor.
No hacer el mal sólo significa éso: abstenerse de actuar en contra del prójimo.
Pero para un Cristiano la exigencia es inmensa por que, además, nos obliga a actuar santamente, incluso con nuestros propios enemigos.
No nos dejemos engañar pues, porque el Maligno no es tonto del todo.
A veces el mal se esconde dónde menos lo esperamos, con una apariencia de falsa piedad, utilizando medios materiales y humanos para, machaconamente, transmitirnos el mensaje subliminal de que todos somos hermanos de una misma Fe, que todos, en el fondo, somos buenos, de que nadie es tan malo como pudiera llegar a pesnsarse, que, incluso, el mal, a veces, puede tener cierta justificación.....
No nos dejemos engañar: el Mal es el Mal y es lo contrario al Bien.
Y como dijo el Salvador: "Quien no está conmigo, está contra mi". (Lucas, 11, 15-26)

¡AMÉN!

viernes, 13 de noviembre de 2009

¡EXCOMUNIÓN "SÚBITO"!

Por una vez, y sin que sirva de precedente, he de felicitar a la Conferencia Espiscopal Española por dar la cara y dejar de mirar hacia otro lado como hasta ahora venían haciendo.
Ciertamente, todos aquellos que, directa o indirectamente, apoyen cualquier iniciativa (no sólo ésta) legislativa a favor del aborto deben ser inmediata e irrevocablemente excomulgados.
Y no me refiero sólo a la clase política de hoy y de ayer, sino a todos aquellos que, en mayor o menor medida, colaboran en que aquéllos estén dónde están, a pesar de los pesares.
Abogo, asimismo, como ya lo he hecho públicamente, por la inmediata excomunión del Jefe del Estado por haber sancionado normas jurídicas que han permitido tan execrable crimen.
Ya está bien de medias tintas....porque, al fin y al cabo, al que no es católico ¿qué más le da?
Que la Iglesia Española vuelva a ser Católica y Española.

¡VIVA CRISTO REY!

martes, 3 de noviembre de 2009

CON LA DUDA EN EL AIRE

Dicen que no hay peor mentira que una media verdad, pero yo añadiría aún más: no hay peor mentira que aquélla que se viste intencionadamente de falsa piedad.
Hace ya mucho tiempo que vengo leyendo por aquí y por allá que en el Nuevo Testamento no consta condena alguna hacia la práctica de la homosexualidad y, en consecuencia, que la duda sobre su condición pecaminosa, tanto desde el punto de vista teológico como exegético, es más que razonable.
Sin embargo, la realidad siempre supera a la ficción y, a la postre, la mentira acaba sucumbiendo a la Verdad.
Hagamos una breve reseña documental.

Antiguo Testamento:

“Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza, varón y hembra los creó”
(Génesis 1: 27).
Tal vez la primera referencia condenatoria de la homosexualidad la encontramos en el Génesis, 19, cuando, hablando de la perversión de Sodoma y de sus hombres (sodomitas), se nos informa que todos sus varones, desde el más joven al más viejo, rodearon la casa de Lot con la intención de acceder carnalmente, y por violencia, con dos hombres mandados por Dios.
Y, precisamente, entre los graves pecados cometidos por los sodomitas contra Dios, motivo último de la destrucción de la ciudad de Sodoma, se significa expresa y muy especialmente el pecado de sodomía u homosexualidad, por ser contrario a la Ley divina y natural.
Un pasaje similar se reproduce en el libro de los Jueces, 19, 16-30, en el que queda clara la condena.
Pero en el Antiguo Testamento, tal y como podría deducirse de los anteriores episodios, no sólo se condena la práctica homosexual violenta, sino, incluso, la voluntaria y/o consentida.
Así se deduce inequívocamente de la redacción de la ley mosaica, en el libro del Levítico, 18, 22, en el que se incluye como objeto de condena a muerte, entre otras desviaciones sexuales, las relaciones homosexuales entre hombres: “No te echarás con varón como con mujer, es abominación”.
Y continúa: “Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos ha de ser muertos; sobre ellos será su sangre”.

En el Nuevo Testamento:

Se suele afirmar que Jesús no hace referencias expresas a la homosexualidad, pero tal aseveración es rotundamente falsa.
En primer lugar, es menester subrayar que con Jesús la ley mosaica no es derogada, sino complementada, lo cual implica que viene a perfeccionar la Ley de Moisés, sin derogar los presupuestos de hecho sobre los que se sustenta y condena.
Y, así dice textualmente en Mateo 5, 17-18: No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolirla, sino a perfeccionarla. Porque en verdad os digo que, mientras no pasen el cielo y la tierra, ni una jota, ni una tilde pasará de la ley hasta que todo se cumpla”.
Y, además, en confirmación de la plena vigencia de la ley mosaica, aunque interpretada a la luz de la Buena Nueva, Jesús recurre a ciertos pasajes bíblicos para remarcar, no sólo su vigencia, sino también su interpretación:
Mateo 19, 4: “…¿No habéis leído que el Creador desde el principio los hizo macho y hembra, y que dijo: Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne?...” (También: Marcos 10, 6-8)
O dicho de otro modo: En los planes divinos sólo cabe la cohabitación entre un hombre y una mujer, y siempre dentro de los cauces y a los fines previstos por el Altísimo.
Pero incluso también puede verse una condena expresa por parte de Jesús cuando al referirse, en un discurso escatológico, a su segunda venida dice, textualmente, lo siguiente: “Como en los tiempos de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían y bebían, se casaban ellos y ellas, hasta el día en que entró Noé en el Arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio…” (Mateo, 24,38; Lucas, 17, 26-27)
No olvidemos que el diluvio universal fue un castigo de Dios por las depravaciones de la Humanidad, entre las que se incluían crímenes, robos y actos contra natura.
San Pablo continúa hablando sobre el tema en varias de sus epístolas.
En Romanos 1, 18-32, San Pablo nos presenta un cuadro ciertamente detallado de la condición pecaminosa de la sociedad romana y, entre otros vicios y pecados abominables ante Dios, hace expresa referencia a la práctica de homosexualidad masculina y femenina.
Y reitera entre la retahíla de pecados contrarios a Dios, en 1 Corintios 6, 9-11, así como en Gálatas 5, 19-21 y Efesios 5, 3-5, que tales prácticas son abominables ante Dios.
Pero, y esto es importante subrayarlo, en ningún caso excluye al homosexual del proyecto de salvación, pues, concretamente en 1 Corintios 6, 11, dice textualmente: “Y esto erais algunos; más ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de Dios”.
¿Qué podemos extraer, entonces, como conclusión?: Que la sexualidad es algo consustancial con la naturaleza humana y que, en función de su uso, conforme o no con el plan divino, puede ayudar a la humanización o, por el contrario, contribuir a la deshumanización del hombre.
La redención cristiana es integral, pero exige que el pecado, tanto físico como espiritual, sea arrancado de nuestra condición pecaminosa o, si se prefiere, de nuestro comportamiento contrario a la ley divina.
La condición homosexual en sí no obsta la salvación (dice San Pablo en 1 Corintios, 6, 11: “..algunos de vosotros erais homosexuales”), pero ésta está siempre condicionada al cumplimiento de la voluntad divina; es decir: aceptar y ser fiel a la Palabra de Dios.

miércoles, 21 de octubre de 2009

UNA CURIOSA "ANÉCDOTA"

El 10 de Diciembre de 1.948, se proclamó por la Asamblea General de las Naciones Unidas la Declaración Universal de Derechos Humanos, afirmando, en su artículo 3, y textualmente, lo siguiente: "Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona".
Sin embargo, si nos fijamos bien, en ningún momento hace referencia a qué momento ha de entenderse que la vida humana existe y, por lo tanto, desde qué momento es digna de protección.
Lejos de ser una mera anécdota u olvido, por el contrario dicha omisión fue intencionada.
Así, baste al efecto significar que se puede tomar como precedente inmediato del meritado texto internacional la llamada Declaración de Bogotá (1948) en la que la Organización de Estados Americanos (OEA) hace una previa declaración de derechos humanos.
De dicha declaración, la ONU recoge dos aspectos:
1.- Los seres humanos poseen una dignidad.
2.- Todo ser humano tiene derecho a la vida.
Cuando comenzaron las deliberaciones sobre la Declaración de Derechos Humanos en la ONU, los Estados de la OEA, Filipinas y Líbano, vieron la necesidad de incluir la cláusula del derecho a la vida del concebido y no nacido y, por lo tanto, dejar claro el origen de la vida desde el mismo instante de la concepción.
Dicha propuesta fue rechazada, fundamentalmente, por dos Estados: Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Se alegó que era mejor una decisión ecléctica, pues había Estados que tenían regulado el aborto y éstos no firmarían la Declaración.
Curiosamente la Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos, encargada de elaborar la propuesta de la Declaración, era, precisamente, la esposa del entonces Presidente de los EEUU, Eleanor Roosevelt, la cual, curiosamente, por aquel entonces tenía una estrecha colaboración con Margaret Sanger, cofundadora de la Federación Internacional de Planificación de la Familia (IPPF), que comprendía una federación de organizaciones no gubernamentales que tenían como santo y seña la promoción y práctica del aborto como método de planificación familiar.
Es decir: el Capitalismo y el Socialismo de la mano cuando se trata de erradicar la vida del concebido y no nacido.
De la mano, en definitiva, cuando se trata de asesinar....
¿Y cuál es el medio o instrumento perfecto para conseguir ese fin?: La Organización de las Naciones Unidas.

viernes, 16 de octubre de 2009

LO POLÍTICAMENTE CORRECTO

Voy a intentar ser lo más frío posible y evitar, dentro de lo posible, cualquier desafuero que me queme y salga de las entrañas.
Acabo de leer la noticia de que nuestra muy estimada Conferencia Episcopal, con Mons. Rouco a la cabeza, ha decidido no intervenir en la manifestación contra el aborto de mañana por entender que su presencia podría ser mal interpretada políticamente.
Pasando por alto el hecho objetivo de que vayan o no vayan a la manifestación van a seguir siendo objeto de críticas politicas, al menos mientras mantengan una opinión contraria al aborto, lo cierto es que su ausencia tal vez podrían interpretarla algunos (y no precisamente aquellos a los que temen) como una postura tibia frente a la enormidad del crimen que se está cometiendo.
Mi postura con respecto a la curia española ha sido ampliamente criticada por algunos sectores que me han calificado de radical y/o extremista, y ello, pura y llanamente, por afirmar que cuando se está masacrando al inocente no caben medias tintas.
La ambigüedad, amén de los homosexuales, es patrimonio de los cobardes, por lo que al final sólo me quedará la duda de si aquéllos, los que tienen miedo a mojarse, son de la otra acera o, simplemente, van con el culo prieto.
En cualquiera de los casos, sean una cosa u otra, lo que resulta evidente es que no son dignos Príncipes de la Iglesia de Cristo.

jueves, 15 de octubre de 2009

¡MUERTE AL PERRO BLASFEMO!

Sólo una breve reseña, a título explicativo, al perro blasfemo ése:
Éxodo 3,14: "Y dijo Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY"
Juan 10, 22-42: “¿Hasta cuándo tienes suspenso nuestro espíritu? Si tú eres el Mesías, dínoslo
abiertamente.
Os lo dije, y no me creéis. Las obras que Yo hago en el nombre de mi Padre, éstas
dan testimonio de mí. Sin embargo, vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas.
Mis ovejas oyen mi voz, y Yo las conozco, y me siguen. Y Yo les doy la vida eterna, y
no perecerán eternamente, y no las arrebatará nadie de mi mano. Mi Padre, que me las
ha dado, mayor es que todo, y nadie puede arrebatarlas de mano de mi Padre. EL PADRE Y YO SOMOS UNA MISMA COSA ”.
Mt 16,13-20: "En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipo y preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomando la palabra, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.
Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no podrá contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos y lo que ates en la tierra, atado quedará en el cielo y lo que desates en la tierra, desatado será en el cielo. Y les mandó que no dijeran a nadie que él era el Cristo, Mesías".
¿Quién es, pues, Jesús de Nazaret?. ¿Como se define a sí mismo?
1. YO SOY. (Jn 8,24; Jn 8,28); 8, 58; Jn 13,19): significa existencia, identidad, autenticidad, veracidad, unidad, coherencia. Detrás de esa definición se esconde esta gran verdad: Jesús es la Existencia que da la existencia y consistencia a todo lo demás.
5. YO SOY LA RESURRECCIÓN. (Jn 11,25): Así como Él resucitó, así también nosotros, pues fue Cristo mismo quién venció a la muerte.
8. YO SOY LA PUERTA DE LAS OVEJAS. (Jn 10,7 y 9): Es el único mediador entre Dios y los hombres. Es la Puerta para entrar en la Casa del Padre. Es la Puerta para entrar en el Banquete celestial. Es la Puerta para entrar en la Vida eterna .
9. YO SOY EL PAN DE VIDA. (Jn 6, 35 y 48): ¡Porque mi cuerpo es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida!. Está REALMENTE presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, en CUERPO, SANGRE, ALMA y DIVINIDAD.
11. YO SOY REY. (Jn 18, 37): Rey de reyes, Rey eterno. Por Él todo fue hecho, sin Él nada se hizo.
Por eso Él dijo taxativa y terminantemente: "...a quien blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará jamás" (Mateo 12, 31-32; Marcos 3, 28-30; Lucas 12, 10)
Y yo aún añado más: Es inadmisible que alguien pueda comparar al Cristo de Dios, al Santo de los santos del Altísimo con un cabrón pederasta que tuvo connivencia con Satanás.
¡MUERTE A LOS PERROS BLASFEMOS!
¡VIVA CRISTO REY!